VEDRUNA
PERÚ-SULLANA. Una curiosa amistad en tiempo de COVID19
24/05/2020

Cada día que camino por la Av. José de Lama rumbo a mi trabajo voy rezando el rosario, camino meditando sus misterios y dándole sentido a este tiempo de pandemia, a mi temor de sufrir contagio, a dar respuesta a la pregunta de porqué continuar si ya nada parece ser lo mismo. Me aparto de las personas que pasan cerca de mí, con las que apenas nos miramos a los ojos, unos van casi desnudos porque tienen calor y otros vamos, según nos las normas de cuidado, forrados hasta los ojos, con el barbijo puesto (tapabocas), que empaña nuestras gafas y apenas nos deja ver.

 

A veces quiero estar animada por la vida, deseo entusiasmarme como antes, caminar con libertad y sin miedo a nada, pero percibo que estoy luchando por sobrevivir, que es una guerra entre los más fuertes y los más débiles y mi pensamiento repara en los robos descarados que hacen las farmacias y los mercados con la venta de medicinas y alimentos.

 

En mi frustración por la precariedad de nuestro sistema de salud, en nuestro personal médico, de limpieza, de seguridad y con unas leyes que favorecen las “coimas” y malos manejos aún en tiempos de pandemia, la rabia se convierte en desesperanza y entonces me percato que, me encuentro escondida como cuando nuestro Señor Jesús murió y los apóstoles estaban a puertas cerradas.

 

Cada mañana en este mismo recorrido encuentro sentado, en la misma banca, a un señor de unos 65 años, con un andador al costado, vestido de pantalón corto, camiseta sin mangas y con su tapabocas casi transparente del lavado de varios días, mirando el pasar de la gente con una actitud de ser invencible, positiva y sin temor a nada… Lo veo a la ida y a la vuelta, como si el tiempo para él se hubiera detenido en esa banca donde goza mirando todo con agrado.

 

Al comienzo me parecía raro verlo sentado ahí sin aparente precaución y, entre mis pensamientos, me decía a mí misma, “¡este tío estará esperando el bus del COVID 19!” y continúo mi caminar con las reflexiones de este tiempo de emergencia sanitaria, tratando de encontrar tranquilidad y no temer por nada, con la seguridad de que Él está conmigo…

 

Su respuesta no se deja esperar, el señor sentado en la banca se percata que realizo cada día la misma ruta y entonces gira para saludarme y darme los buenos días y las buenas tardes, tanto a la ida como al retorno.

Al principio me robó una ligera sonrisa, pero los días van y vienen en esa misma disposición, hasta que el silencio se rompió y el señor de la banca dice con su voz ronca: ‘buenos días guapa’. Él no sabe cuánta alegría me dio oírle decir esas palabras, con ellas me devolvió un trozo de esperanza perdida, no sé si sabe que saludar con tanto afán puede calentar el corazón del otro. A través de este sencillo gesto entiendo que el Buen Jesús me dice que abra mis puertas y que no tema, que la paz está conmigo y que sí hay un sentido en todo esto que es nuevo…

 

Este señor, del que desconozco su nombre, se ha convertido en “mi amigo de saludos diarios, que me regala cada mañana una sonrisa llena de esperanza, donde mi Dios me va hablando a través de él sobre la paz que necesito y, sobre todo, me llena de esperanza”.

Prof. Marita Cardosa, Colegio Santa Úrsula

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